La sabidurÃa del padre Brown
La sabidurÃa del padre Brown –No -gruñó-, creo que se equivocan. Lo sé, no tengo razón alguna para defenderlo o para mantener mi lealtad hacia él. Conmigo ha sido un tirano, como para los demás. No crean que porque le han visto sentado aquà no es un gran Lord en el peor sentido de la palabra. HarÃa que viniese un hombre desde una milla de distancia para tocar un timbre situado a una yarda, y harÃa que fuese a llamar a otro hombre situado a tres millas para traer una caja de cerillas situada a tres yardas. PodrÃa tener a un criado para llevarle el bastón y a otro para mantenerle los gemelos en la ópera.
–Pero no un criado para cepillarle la ropa -le interrumpió el sacerdote con una curiosa sequedad-, pues también tendrÃa que cepillarle la peluca.
El bibliotecario se volvió hacia él y pareció olvidar mi presencia, estaba algo agitado y, según creo, acalorado por el vino.
–No sé cómo lo ha averiguado, padre Brown -dijo-, pero está en lo cierto. Obliga a todo el mundo a que haga las cosas por él, excepto vestirle. Y, además, insiste en que lo dejen hacerlo en completa soledad, como en un desierto. Expulsa a todos de la casa, sin fijarse en si están cerca o no de su cuarto de vestir.