La sabidurÃa del padre Brown
La sabidurÃa del padre Brown La mirada de Fanshaw brillaba y dijo con un tono triunfal:
–¡Aja!. Seguro que no han visto antes un lugar como éste. Ésa es la razón por la que les he traÃdo aquÃ, amigos. Ahora comprobarán si les he exagerado con lo de los marinos de Cornualles. Este lugar pertenece al viejo Pendragon, a quien llamamos el Almirante, aunque se retiró antes de recibir el rango. El espÃritu de Raleigh y de Hawkins es un recuerdo para el pueblo de Devon, pero para nosotros los Pendragon sigue siendo algo actual. Si la reina Isabel se levantase de la tumba y viniese por este rÃo en una barca dorada, serÃa recibida por el Almirante en una casa exactamente igual a las que ella estaba acostumbrada, en cada esquina y en cada batiente, en cada pared y en cada pilar. Y aún encontrarÃa a un capitán inglés hablando con audacia sobre nuevas tierras por descubrir, del mismo modo que si hubiese cenado con Drake.
–Pero se encontrarÃa con algo extraño en el jardÃn -dijo el padre Brown-, que no agradarÃa mucho a un ojo renacentista. La arquitectura isabelina es encantadora a su modo, pero resulta algo contrario a su naturaleza romperla con una torre.