La sabiduría del padre Brown
La sabiduría del padre Brown Lo siguieron por la isla, hasta llegar a la torre, y el padre Brown, ya fuese por haber tocado tierra firme o porque algo le interesaba en la otra orilla del río -a lo que había estado mirando fijamente durante unos segundos-, pareció revivir. Entraron en una alameda de árboles delgados y grisáceos, como los hay en las entradas de los parques y jardines públicos, y en cuyo extremo las ramas de árboles oscuros se agitaban de un lado a otro como plumas negras y moradas sobre lo que parecía una enorme carroza fúnebre. Al dejar atrás la torre, ésta parecía aún más extraña, ya que ese tipo de entradas suele estar escoltado por dos torres, y esa torre, al faltarle su gemela, parecía desequilibrada. Pero por ese mismo motivo, la avenida presentaba la apariencia de la entrada a las propiedades de un caballero, y poseyendo una forma sinuosa, de algún modo parecía un parque más grande de lo que podría haber sido cualquier plantación en una isla parecida. El padre Brown, quizá por su cansancio, tendía algo a la fantasía, pues casi creyó que todo el lugar se hacía más grande, como les ocurre a las cosas en una pesadilla. De todos modos, su marcha se caracterizaba por una monotonía mística, hasta que Fanshaw se detuvo repentinamente y señaló algo que sobresalía a través de un seto, algo que al principio les pareció como el cuerno de una bestia. Una observación más detenida, sin embargo, les mostró que era una hoja de metal ligeramente curvada que brillaba tenuemente en la luz mortecina.