La sabiduría del padre Brown
La sabiduría del padre Brown Nunca viajaba sin el estuche con las espadas, con las que había vencido brillantemente en numerosos duelos, ni sin el correspondiente estuche para su mandolina, con la que acababa de dar una serenata a la señorita Ethel Harrogate, la hija, tremendamente convencional, de un banquero de Yorkshire que se encontraba de vacaciones. Sin embargo, no era ni un charlatán ni un niño, sino un ardiente y consecuente latino al que le gustaba una cosa, y a ella se dedicaba. Su poesía era tan franca como la prosa de cualquiera. Cantaba a la fama, al vino o a la belleza de las mujeres con una claridad tórrida inconcebible entre los ideales o compromisos nebulosos del norte. En algunas razas su intensidad se percibía como peligrosa o incluso criminal. Como el fuego o el mar, era demasiado simple para confiar en él.