La sabiduría del padre Brown

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–Llegó la crisis -siguió Mistress Boulnois- cuando logré persuadir a John de que me diera algunas de sus especulaciones científicas para enviarlas a una revista. Empezó a concitar la atención, especialmente en América, y un periódico quiso entrevistarlo. Cuando Champion -que era entrevistado casi todos los días-tuvo conocimiento de esas migajas de éxito de su inconsciente rival, su odio diabólico se disparó. Entonces comenzó a tramar esa enfermiza victoria sobre mi propio amor y mi honor, que ha sido tema de conversación en sociedad. Me preguntará por qué permití esas atroces atenciones. Le respondo que no pude rechazarlas salvo explicando sus motivos a mi esposo, y hay algunas cosas que el alma no puede hacer cuando el cuerpo no puede volar. Nadie se lo podría haber explicado a mi esposo, y nadie puede explicárselo ahora. Si usted le dice, con todas las palabras, «Champion le está robando a su esposa», pensaría que es una broma vulgar, que sólo puede tratarse de una broma, otra noción no podría penetrar en su cerebro. Bien, John iba a venir esta noche para vernos actuar, pero en el momento en que íbamos a salir, me dijo que no podía, pues tenía un libro muy interesante y un buen cigarro. Se lo dije a Sir Claude, y eso le causó una ansiedad mortal. El monomaníaco se desesperó. Se hirió a si mismo gritando como un demonio que Boulnais le estaba asesinando. Allí quedó muerto, en el jardín, víctima de sus celos por producir celos, mientras John estaba sentado en el salón leyendo un libro. Se produjo otro silencio, y después el sacerdote dijo: -Sólo hay un punto débil, Mistress Boulnois, en su animado relato. Su esposo no está en el salón leyendo un libro. Un periodista americano me acaba de decir que estuvo en su casa y su mayordomo le dijo que, después de todo, su esposo había venido a Pendragon Park.


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