La sabiduría del padre Brown

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Su casa estaba en una calle noble cerca del Elíseo, una calle que en aquel caluroso verano parecía más densa de follaje que el mismo parque. Una hilera de castaños interceptaba la luz solar, excepto en un lugar ocupado por la terraza al aire libre de un café. En la parte opuesta se encontraba la gran casa del científico, blanca y con persianas verdes, con un balcón de hierro, también pintado de verde, que corría a lo largo del primer piso. Debajo se encontraba la entrada a un patio muy alegre, decorado con arbustos y tilos, por la que entraron los dos franceses en animada charla.

Les abrió la puerta el viejo criado del doctor, Simón, quien podría haber pasado perfectamente por el científico, pues vestía estrictamente de negro, llevaba lentes, su cabello era gris y sus maneras parecían confidenciales. En realidad era un hombre de ciencia mucho más presentable que su señor, el doctor Hirsch, que parecía un rábano, con una tremenda cabeza que hacía insignificante su cuerpo. Con la gravedad de un médico que receta, Simón entregó una carta a Armagnac. Este caballero la abrió apresuradamente, con una impaciencia racial, y leyó apresuradamente lo siguiente:


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