La sabiduría del padre Brown

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No puedo bajar a hablar con ustedes. Hay un hombre en esta casa a quien no deseo ver. Se trata de un oficial chauvinista, llamado Dubosc. Ahora está sentado en las escaleras después de haber pateado los muebles de las demás habitaciones. Me he encerrado en mi despacho, frente al café. Si realmente me aprecian, vayan al café y esperen en una de las mesas de la terraza. Quiero que traten con él. Yo no lo puedo recibir, ni puedo, ni quiero. Vamos a tener otro caso Dreyfus. P Hirsch.

Armagnac miró a Brun. Este último tomó la carta, la leyó y miró a Armagnac. A continuación, se dirigieron a una de las mesas del café, bajo uno de los castaños, donde pidieron dos vasos de un ajenjo verde horrible, que ellos, al parecer, podían beber a cualquier hora y en cualquier época del año. Por lo demás, el establecimiento estaba casi vacío, sólo se veía a un soldado tomando café en una mesa y en otra a un hombre alto que bebía una especie de jarabe, acompañado de un sacerdote que no tomaba nada.

Maurice Brun se aclaró la garganta y dijo:

–Desde luego que tenemos que ayudar al maestro en todo lo que podamos, pero…

Se produjo un brusco silencio, y Armagnac añadió:


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