Cien años de soledad
Cien años de soledad Afuera, el viento se convirtió en un huracán, arrancando las tejas, las paredes y las raíces mismas de la casa. Aureliano, atrapado en el corazón de la tormenta, entendió que todo lo que había sucedido, todo lo que los Buendía habían construido, estaba destinado a desaparecer.
Macondo fue reducido a polvo, barrido por la furia de un destino inevitable. El paraíso que José Arcadio Buendía había soñado se convirtió en nada más que un recuerdo perdido en el tiempo.
El huracán había pasado, dejando nada más que desolación. Macondo era ahora un vasto vacío, como si nunca hubiera existido. Donde antes se alzaban casas, jardines y la majestuosa ceiba en el patio de los Buendía, solo quedaban escombros mezclados con el polvo del tiempo. Pero en medio de esa ausencia, el eco de las generaciones pasadas todavía resonaba, un recordatorio de las vidas que habían tejido y deshecho su destino.
Aureliano, el último Buendía, permanecía en el centro de las ruinas, rodeado por las páginas descifradas de los pergaminos de Melquíades. Cada línea que leía era como un latido que coincidía con el rugido del viento. Era una revelación y un castigo: su vida y las de todos los suyos habían sido escritas mucho antes de que siquiera existieran.
