Cien años de soledad
Cien años de soledad Finalmente, entendió lo que significaban esas palabras. Macondo, los Buendía, todo lo que alguna vez existió estaba destinado a desaparecer, no solo físicamente, sino también de la memoria del mundo. Era el precio por haberse encerrado en su propio ciclo, por haber sido incapaces de aprender, de cambiar, de romper las cadenas del destino.
El viento aumentó su fuerza, arrancando los últimos vestigios de lo que alguna vez fue la casa de los Buendía. Las páginas de los pergaminos se elevaron en espirales, como si quisieran escapar del fin inminente, pero Aureliano se mantuvo inmóvil, con una calma que venía de la aceptación.
—Así debía ser —dijo, mientras las palabras finales de los pergaminos se quemaban en su mente, grabándose como un fuego eterno.
El huracán lo envolvió todo. Las raíces de los árboles fueron arrancadas, los ríos se desbordaron y el polvo del pueblo se mezcló con el cielo, como si Macondo nunca hubiera existido. En el corazón de la tormenta, Aureliano desapareció, junto con las palabras de Melquíades y el último aliento de una estirpe que había desafiado al tiempo sin comprenderlo.