Cien años de soledad
Cien años de soledad José Arcadio pasaba los dÃas obsesionado con sus inventos y teorÃas. Su fascinación se encendió cuando una caravana de gitanos irrumpió en el pueblo. Al frente de ellos iba MelquÃades, un hombre extraño, de barba como un bosque enredado y una voz que cargaba siglos de sabidurÃa. Con gestos teatrales, el gitano mostró un imán poderoso que arrastraba tras de sà clavos, anafes y hasta los recuerdos oxidados de las casas.
—Las cosas tienen vida propia —pregonaba MelquÃades—. Todo es cuestión de despertarles el ánima.
José Arcadio no pudo resistirse. Cambió una partida de chivos por aquel imán milagroso, convencido de que podrÃa desenterrar oro del subsuelo. Durante dÃas recorrió los alrededores con los dos lingotes imantados, pero lo único que halló fue una armadura española, oxidada y hueca como un espectro.
—¡Pronto tendremos tanto oro que empedraré la casa! —juraba a Úrsula, aunque ella, más pragmática, lo miraba con exasperación.
