Cien años de soledad
Cien años de soledad Melquíades regresó meses después con otro artefacto: una lupa gigante que, bajo el sol, podía prender fuego a un manojo de hierba seca. José Arcadio la compró de inmediato, hipnotizado por la posibilidad de convertirla en un arma invencible. Pero fue Melquíades quien dejó la verdadera semilla del destino: unos libros de alquimia. Esa noche, mientras las sombras del río se movían como serpientes bajo la luna, José Arcadio descifró sus primeras fórmulas y juró dominar el tiempo y la materia.
La casa de los Buendía, un espacio sencillo de barro y cañabrava, se transformó en un laboratorio improvisado. José Arcadio pasó semanas encerrado, mezclando líquidos humeantes y garabateando notas incomprensibles. La locura de su pasión comenzó a alienarlo.
—Esto no es vida —se quejó Úrsula—. ¿Qué esperas encontrar entre esos frascos y libros viejos?
—El futuro, Úrsula —respondió él, con los ojos brillantes de una fe que rozaba el delirio—. Nuestro futuro está escrito en estas páginas.
