Historias inconscientes
Historias inconscientes "¿Qué crees que diría tu hermano si estuviera aquí ahora mismo?", le pregunté. Ernesto titubeó, como si la pregunta lo hubiera tomado por sorpresa. "No lo sé... Supongo que me diría que lo deje ir, que trate de seguir adelante. Pero... ¿cómo puedo? Si lo hago, ¿qué queda de él? ¿Qué me queda a mí?"
En una sesión particularmente intensa, Ernesto rompió en llanto por primera vez. "No quiero seguir así", dijo entre sollozos. "Pero tampoco sé cómo soltar esto. ¿Qué soy sin esta culpa? Es lo único que me recuerda que él existió".
Trabajamos durante meses para que Ernesto comenzara a redefinir su relación con la pérdida y con la culpa. Poco a poco, logró recordar a su hermano no solo por el accidente, sino por los momentos que compartieron. "¿Te acuerdas de cuando te enseñó a andar en bicicleta?", le pregunté una vez, guiándolo hacia una memoria más luminosa. Ernesto esbozó una pequeña sonrisa. "Sí. Era muy paciente. Me caí mil veces, pero él nunca se rindió conmigo".
Ese recuerdo fue un punto de inflexión. Ernesto empezó a reconocer que honrar a su hermano no significaba cargar con la culpa para siempre. "Tal vez", dijo un día, con una voz más firme, "pueda hacer algo bueno en su nombre, en lugar de quedarme atrapado en este infierno".