Historias inconscientes
Historias inconscientes Ernesto llevaba esa culpa como un tatuaje en su alma, indeleble e ineludible. "Desde ese día", dijo, "todo en mi vida es... castigo. Dejé de salir con mis amigos, de trabajar en lo que me apasionaba. ¿Cómo podría disfrutar de algo cuando él ya no puede? Cada vez que estoy a punto de hacer algo bueno, escucho su voz en mi cabeza, preguntándome por qué yo sigo aquí y él no".
Intenté llevar la conversación hacia sus emociones. "¿Qué sientes cuando piensas en tu hermano?", pregunté. Ernesto soltó un suspiro pesado. "Rabia. Dolor. Pero, sobre todo, vergüenza. Debería haber sido yo. Él era mejor en todo. Más generoso, más querido. Nadie lo dice, pero sé que la familia también piensa que el mundo perdió al mejor de los dos".
En sesiones posteriores, el peso de la culpa de Ernesto comenzó a mostrar su impacto en todas las áreas de su vida. "¿Sabes lo que es entrar a una habitación y sentir que todos te están juzgando, incluso cuando nadie dice nada?", me dijo un día. "Por eso evito a mi familia. No puedo mirar a mis padres a los ojos sin escuchar el reproche silencioso en sus miradas. Ni siquiera sé si es real o si soy yo quien lo inventa".