Historias inconscientes
Historias inconscientes El día que Ernesto cruzó la puerta del consultorio, parecía cargar un peso imposible. Caminaba despacio, con los hombros caídos y la mirada perdida, como si cada paso lo hundiera más en un suelo invisible. Se sentó en silencio, evitando mi mirada, mientras jugaba nerviosamente con el borde de su abrigo. Después de un largo minuto de pausa, habló: "No sé si debería estar aquí. A veces siento que no merezco que me escuchen".
"¿Por qué crees eso?", pregunté, tratando de mantener mi tono neutro. Ernesto soltó una risa amarga y murmuró: "Porque todo lo que toco, lo arruino. Mi vida es una sucesión de errores, y la mayoría no tienen arreglo".
A medida que Ernesto compartía su historia, la culpa emergía como una sombra omnipresente. Había perdido a su hermano menor en un accidente automovilístico años atrás. "Yo estaba al volante", confesó en una voz apenas audible. "Era mi responsabilidad llevarlo a casa, y fallé". Su rostro se endureció al recordarlo. "El semáforo estaba amarillo. Pensé que podía pasar. Pero... no fue así". Cerró los ojos con fuerza, como si el simple acto de describirlo pudiera revivir el impacto.