La soledad
La soledad La pulsión de muerte opera silenciosamente, buscando el regreso a un estado anterior a la vida, donde nada duele, donde no hay deseo que incomode. Esa pulsión no se presenta de forma evidente; se disfraza de desgano, de alejamiento, de elecciones que sabotean la posibilidad de construir lazos verdaderos.
Muchas veces, se elige inconscientemente aquello que garantiza el fracaso, la traición, la desilusión. No por masoquismo simple, sino porque hay algo en el alma que prefiere lo conocido aunque duela, antes que arriesgarse a lo nuevo.
El deseo empuja, pero el miedo frena. Se desea amar, pero también se teme ser abandonado. Se desea ser visto, pero también se teme ser juzgado. Así, el sujeto oscila entre la búsqueda de vínculo y el repliegue solitario.
La soledad no siempre es una elección, pero a veces sí lo es, aunque no se reconozca como tal. Se construye con decisiones mínimas, con gestos de evasión, con silencios impuestos. Y al mismo tiempo, ese aislamiento puede ser una forma de resistencia, de protección, de espera. Porque no todo encuentro es posible si antes no se atraviesa el propio laberinto de deseo, temor y sombra.