La soledad
La soledad La infancia deja marcas imborrables en la forma en que se vive la soledad. El niño no tiene herramientas para entender la ausencia, solo siente que el Otro —ese que alimenta, nombra y protege— puede desaparecer. Cuando eso ocurre, aunque sea por breves momentos, se instala una angustia que queda inscripta en lo más profundo.
Esa soledad primera no siempre es visible. Puede estar en un orfanato, en una habitación silenciosa, en una mirada que no llega, en un abrazo que falta. No se necesita un abandono fÃsico para que el alma infantil sienta que está sola. Basta con que el adulto no escuche, no perciba, no nombre.
Con el tiempo, ese niño crece, pero sigue buscando al Otro perdido. Y lo busca en sus parejas, en sus amigos, en sus maestros, en sus vÃnculos. Espera que alguien repare lo que no fue. Pero nadie puede llenar ese vacÃo. Esa herida no se cierra con amor actual.
Muchos de los actos del adulto son intentos de reparar esa infancia: el miedo a la separación, el apego extremo, la necesidad de validación. Pero también el retraimiento, el orgullo defensivo, la dificultad para confiar. Todo puede rastrearse a ese instante primero donde el mundo pareció vaciarse de presencia.