La soledad
La soledad Cuando muere alguien que amamos, ya no hay palabras, gestos, ni miradas que puedan sostenernos desde ese lugar. La persona que era refugio y espejo deja de estar. Ya no hay reconocimiento ni retorno. La soledad se vuelve entonces irreversible: no es que se está solo, es que se ha quedado solo para siempre con respecto a ese vínculo.
La mente recorre recuerdos, busca huellas, revive gestos que no volverán. Y en ese intento desesperado por llenar el hueco, se encuentra una nueva forma de estar en el mundo. Un mundo que ya no tiene al otro, pero tampoco tiene la versión de uno mismo que existía cuando ese otro vivía.
El duelo desnuda esa experiencia: no somos los mismos sin quienes amamos. Y en la transformación que impone la pérdida, emerge la versión más radical de la soledad: aquella que obliga a reconstruirse sin la mirada del otro.
El amor promete compañía, pero no anula la soledad. Dos personas pueden unirse, desearse, cuidarse, y aun así seguir siendo esencialmente solas. El encuentro no fusiona por completo; apenas acerca dos mundos que continúan separados por una frontera invisible. Amar no es dejar de estar solo, sino aceptar compartir la propia soledad con la soledad de otro.