La soledad
La soledad En el enamoramiento, la soledad parece retroceder. Hay presencia, hay palabras, hay cuerpos. Sin embargo, esa retirada es apenas provisional. Más tarde o más temprano, la soledad vuelve a ocupar su lugar. Porque nadie puede vivir la vida por otro, nadie puede sentir exactamente lo que el otro siente, nadie puede atravesar por el otro el dolor, el miedo o la angustia.
El amor alivia, acompaña, sostiene, pero no reemplaza esa zona inviolable del ser donde nadie entra. Y cuando se pretende que el otro complete lo que falta, aparece la dependencia, el reclamo, la decepción. El vÃnculo se vuelve entonces una trampa donde se exige al otro aquello que no puede dar: la anulación de la soledad.
Aceptar esta paradoja libera. Permite amar sin pedir salvación, acompañar sin exigir rescate. Porque cuando se entiende que el otro no viene a llenar el vacÃo, sino a caminar al lado de él, el amor deja de ser una promesa imposible y se convierte en un acto profundamente humano.