La soledad
La soledad Hablar es una forma de existir. A través del lenguaje, se construye el mundo, se nombran los afectos, se ordena el caos interno. Pero también es, muchas veces, un intento desesperado por llenar el silencio que impone la soledad. La palabra aparece como un puente entre uno y los otros, como una estrategia para evitar el abismo que significa estar consigo mismo sin mediaciones.
Sin embargo, no todo se puede decir. Hay experiencias que no alcanzan a ser nombradas. Dolores que se quedan atrapados en el cuerpo. Sentimientos que, aun cuando se pronuncian, no encuentran eco. El lenguaje tiene límites. Y cuando se topa con ellos, aparece el silencio. Un silencio que puede ser refugio o condena, según cómo se lo habite.
En el silencio, la soledad se manifiesta con mayor crudeza. Pero también ofrece la posibilidad de una escucha más profunda. Escuchar el silencio propio, lo que no se dice, lo que no se puede decir. Es ahí donde se encuentra muchas veces la verdad. No en el discurso ordenado, sino en lo que se calla.
Aceptar el silencio como parte del lenguaje es aceptar que no todo puede compartirse. Que algunas cosas solo se atraviesan en soledad. Y que, quizás, esa sea la forma más honesta de habitarse: escuchando lo que ninguna palabra puede terminar de explicar.