Doña Rosita la soltera

Doña Rosita la soltera

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dejas a mi juventud,

pues, siendo norte y salud

tu figura y tu presencia,

rompes con tu cruel ausencia

las cuerdas de mi laúd!

PRIMO.—(La lleva a un «vis-a-vis» y se sientan.)

¡Ay, prima, tesoro mío!,

ruiseñor en la nevada,

deja tu boca cerrada

al imaginario frío;

no es de hielo mi desvío,

que, aunque atraviesa la mar,

el agua me ha de prestar

nardos de espuma y sosiego

para contener mi fuego

cuando me vaya a quemar.

ROSITA.—

Una noche, adormilada

en mi balcón de jazmines,

vi bajar dos querubines

a una rosa enamorada;

ella se puso encarnada

siendo blanco su color;

pero, como tierna flor,

sus pétalos encendidos

se fueron cayendo heridos


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