Doña Rosita la soltera
Doña Rosita la soltera PRIMO.—
Por los diamantes de Dios
y el clavel de su costado,
juro que vendré a tu lado.
ROSITA.—¡Adiós, primo!
PRIMO.—¡Prima, adiós!
(Se abrazan en el «vis-a-vis». Lejos se oye el piano. El PRIMO sale. ROSITA queda llorando. Aparece el TÍO, que cruza la escena hacia el invernadero. Al ver a su TÍO, ROSITA coge el libro de las rosas que está al alcance de su mano.)
TÍO.—¿Qué hacías?
ROSITA.—Nada.
TÍO.—¿Estabas leyendo?
ROSITA.—Sí. (Sale el TÍO. Leyendo.)
Cuando se abre en la mañana
roja como sangre está;
el rocío no la toca
porque se teme quemar.
Abierta en el mediodía
es dura como el coral,
el sol se asoma a los vidrios
para verla relumbrar.
Cuando en las ramas empiezan
los pájaros a cantar
y se desmaya la tarde
en las violetas del mar,