Doña Rosita la soltera
Doña Rosita la soltera SEÑOR X.—No tengo el suficiente volumen de experiencia sobre ellas. Me interesa la cultura, que es distinto. «Voilá». (Pausa.) ¿Y... Rosita?
TÍO.—¿Rosita? (Pausa. En voz alta.) ¡Rosita!..
VOZ.—(Dentro.) No está.
TÍO.—No está.
SEÑOR X.—Lo siento.
TÍO.—Yo también. Como es su santo, habrá salido a rezar los cuarenta credos.
SEÑOR X.—Le entrega usted de mi parte este pendentif. Es una Torre Eiffel de nácar sobre dos palomas que llevan en sus picos la rueda de la industria.
TÍO.—Lo agradecerá mucho.
SEÑOR X.—Estuve por haberla traído un cañoncito de plata por cuyo agujero se veía la Virgen de Lurdes, o Lourdes, o una hebilla para el cinturón hecha con una serpiente y cuatro libélulas, pero preferí lo primero por ser de más gusto.
TÍO.—Gracias.
SEÑOR X.—Encantado de su favorable acogida.
TÍO.—Gracias.
SEÑOR X.—Póngame a los pies de su señora esposa.
TÍO.—Muchas gracias.