Doña Rosita la soltera

Doña Rosita la soltera

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SEÑOR X.—Póngame a los pies de su encantadora sobrinita, a la que deseo venturas en su celebrado onomástico.

TÍO.—Mil gracias.

SEÑOR X.—Considéreme seguro servidor suyo.

TÍO.—Un millón de gracias.

SEÑOR X.—Vuelvo a repetir...

TÍO.—Gracias, gracias, gracias.

SEÑOR X.—Hasta siempre. (Se va.)

TÍO.—(A voces.) Gracias, gracias, gracias.

AMA.—(Sale riendo.) No sé cómo tiene usted paciencia. Con este señor y con el otro, don Confucio Montes de Oca, bautizado en la logia número cuarenta y tres, va a arder la casa un día.

TÍO.—Te he dicho que no me gusta que escuches las conversaciones.

AMA.—Eso se llama ser desagradecido. Estaba detrás de la puerta, sí, señor, pero no era para oír, sino para poner una escoba boca arriba y que el señor se fuera.

TÍA.—¿Se fue ya?

TÍO.—Ya. (Entra.)

AMA.—¿También éste pretende a Rosita?

TÍA.—Pero ¿por qué hablas de pretendientes? ¡No conoces a Rosita!

AMA.—Pero conozco a los pretendientes.

TÍA.—Mi sobrina está comprometida.


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