Doña Rosita la soltera

Doña Rosita la soltera

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TÍA.—¡Gracias, mujer!

AMA.—Son todos bajos y un poquito caídos de hombros.

TÍA.—¡Vaya!

AMA.—Es la pura verdad, señora. Lo que pasó es que a Rosita le gustó el saltimbanqui, como me gustó a mí y como le gustaría a usted. Pero ella lo achaca todo al otro. A veces me gustaría tirarle un zapato a la cabeza. Porque de tanto mirar al cielo se le van a poner los ojos de vaca.

TÍA.—Bueno; y punto final. Bien esta que la zafia hable, pero que no ladre.

AMA.—No me echará usted en cara que no la quiero.

TÍA.—A veces me parece que no.

AMA.—El pan me quitaría de la boca y la sangre de las venas, si ella me los deseara.

TÍA.—(Fuerte.) ¡Pico de falsa miel! ¡Palabras!

AMA.—(Fuerte.) ¡Y hechos! Lo tengo demostrado, ¡y hechos! La quiero mas que usted.

TÍA.—Eso es mentira.

AMA.—(Fuerte.) ¡Eso es verdad!

TÍA.—¡No me levantes la voz!

AMA.—(Alto.) Para eso tengo la campanilla de la lengua.

TÍA.—¡Cállese, mal educada!


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