Doña Rosita la soltera
Doña Rosita la soltera AMA.—Cuarenta años llevo al lado de usted.
TÍA.—(Casi llorando.) ¡Queda usted despedida!
AMA.—(Fortísimo.) ¡Gracias a Dios que la voy a perder de vista!
TÍA.—(Llorando.) ¡A la calle inmediatamente!
AMA.—(Rompiendo a llorar.) ¡A la calle!
(Se dirige llorando a la puerta y al entrar se le cae un objeto. Las dos están llorando.) (Pausa.)
TÍA.—(Limpiándose las lagrimas y dulcemente.) ¿Qué se te ha caído?
AMA.—(Llorando.) Un portatermómetro, estilo Luis Quince.
TÍA.—¿Sí?
AMA.—Sí, señora. (Llora.)
TÍA.—¿A ver?
AMA.—Para el santo de Rosita. (Se acerca.)
TÍA.—(Sorbiendo.) Es una preciosidad.
AMA.—(Con voz de llanto.) En medio del terciopelo hay una fuente hecha con caracoles de verdad; sobre la fuente, una glorieta de alambre con rosas verdes; el agua de la taza es un grupo de lentejuelas azules, y el surtidor es el propio termómetro. Los charcos que hay alrededor están pintados al aceite, y encima de ellos bebe un ruiseñor todo bordado con hilo de oro. Yo quise que tuviera cuerda y cantara, pero no pudo ser.
TÍA.—No pudo ser.