Doña Rosita la soltera
Doña Rosita la soltera AMA.—Pero no hace falta que cante. En el jardín los tenemos vivos.
TÍA.—Es verdad. (Pausa.) ¿Para qué te has metido en esto?
AMA.—(Llorando.) Yo doy todo lo que tengo por Rosita.
TÍA.—¡Es que tú la quieres como nadie!
AMA.—Pero después de usted.
TÍA.—No. Tú le has dado tu sangre.
AMA.—Usted le ha sacrificado su vida.
TÍA.—Pero yo lo he hecho por deber y tú por generosidad.
AMA.—(Más fuerte.) ¡No diga usted eso!
TÍA.—Tú has demostrado quererla más que nadie.
AMA.—Yo he hecho lo que haría cualquiera en mi caso. Una criada. Ustedes me pagan y yo sirvo.
TÍA.—Siempre te hemos considerado como de la familia.
AMA.—Una humilde criada que da lo que tiene y nada más.
TÍA.—Pero ¿me vas a decir que nada más?
AMA.—¿Y soy otra cosa?
TÍA.—(Irritada.) Eso no lo puedes decir aquí. Me voy por no oírte.
AMA.—(Irritada.) Y yo también.