Doña Rosita la soltera
Doña Rosita la soltera MARTÍN.—Son los que pagan, y vivimos con ellos. Y créame usted que los padres se ríen luego de las infamias, porque como somos los pasantes y no les vamos a examinar los hijos, nos consideran como hombres sin sentimiento, como a personas situadas en el último escalón de gente que lleva todavía corbata y cuello planchado.
TÍA.—¡Ay, don Martín! ¡Qué mundo éste!
MARTÍN.—¡Qué mundo! Yo soñaba siempre ser poeta. Me dieron una flor natural y escribí un drama que nunca se pudo representar.
TÍA.—¿"La hija de Jefté"?
MARTÍN.—¡Eso es!
TÍA.—Rosita y yo lo hemos leído. Usted nos lo prestó. ¡Lo hemos leído cuatro o cinco veces!
MARTÍN.—(Con ansia.) ¿Y qué...?
TÍA.—Me gustó mucho. Se lo he dicho siempre. Sobre todo cuando ella va a morir y se acuerda de su madre y la llama.
MARTÍN.—Es fuerte, ¿verdad? Un drama verdadero. Un drama de contorno y de concepto. Nunca se pudo representar. (Rompiendo a recitar.)
¡Oh madre excelsa! Torna tu mirada
a la que en vil sopor rendida yace;
¡recibe tú las fúlgidas preseas
y el hórrido estertor de mi combate!