Doña Rosita la soltera
Doña Rosita la soltera ¿Y es que esto está mal? ¿Y es que no suena bien de acento y de censura este verso: "y el hórrido estertor de mi combate"?
TÍA.—¡Precioso! ¡Precioso!
MARTÍN.—Y cuando Glucinio se va a encontrar con Isaías y levanta el tapiz de la tienda...
AMA.—(Interrumpiéndole.) Por aquí.
(Entran dos obreros vestidos con trajes de pana.)
OBRERO 1º.—Buenas tardes.
MARTÍN y TÍA.—(Juntos.) Buenas tardes.
AMA.—¡Ese es! (Señala un diván grande que hay en el fondo de la habitación.)
(Los hombres lo sacan lentamente como si sacaran un ataúd. El AMA los sigue. Silencio. Se oyen dos campanadas mientras salen los hombres con el diván.)
MARTÍN.—¿Es la Novena de Santa Gertrudis la Magna?
TÍA.—Sí, en San Antón.
MARTÍN.—¡Es muy difícil ser poeta! (Salen los hombres.) Después quise ser farmacéutico. Es una vida tranquila.
TÍA.—Mi hermano, que en gloria esté, era farmacéutico.
MARTÍN.—Pero no pude. Tenía que ayudar a mi madre y me hice profesor. Por eso envidiaba yo tanto a su marido. Él fue lo que quiso.
TÍA.—¡Y le costó la ruina!