Doña Rosita la soltera
Doña Rosita la soltera AMA.—Ni padre, ni madre, ni perrito que le ladre, pero tiene un tío y una tía que valen un tesoro. (La abraza.)
TÍO.—(Dentro.) ¡Esto ya es demasiado!
TÍA.—¡María Santísima!
TÍO.—Bien está que se pisen las semillas, pero no es tolerable que esté con las hojitas tronchadas la planta de rosal que más quiero. Mucho más que la muscosa y la híspida y la pomponiana y la damascena y que la eglantina de la reina Isabel. (A la TÍA.) Entra, entra y verás.
TÍA.—¿Se ha roto?
TÍO.—No, no le ha pasado gran cosa, pero pudo haberle pasado.
AMA.—¡Acabáramos!
TÍO.—Yo me pregunto: ¿quién volcó la maceta?
AMA.—A mí no me mire usted.
TÍO.—¿He sido yo?
AMA.—¿Y no hay gatos y no hay perros, y no hay un golpe de aire que entra por la ventana?
TÍA.—Anda, barre el invernadero.
AMA.—Está visto que en esta casa no la dejan hablar a una.