Doña Rosita la soltera

Doña Rosita la soltera

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AMA.—(Entra.) No lo encuentro.

ROSITA.—¿Será posible que no sepa dónde está mi sombrero?

AMA.—Ponte el azul con margaritas.

ROSITA.—Estás loca.

AMA.—Más loca estás tú.

TÍA.—(Vuelve a entrar.) ¡Vamos, aquí está! (ROSITA lo coge y sale corriendo.)

AMA.—Es que todo lo quiere volando. Hoy ya quisiera que fuese pasado mañana. Se echa a volar y se nos pierde de las manos. Cuando chiquita tenía que contarle todos los días el cuento de cuando ella fuera vieja: «Mi Rosita ya tiene ochenta años»..., y siempre así. ¿Cuándo la ha visto usted sentada a hacer encaje de lanzadera o frivolité, o puntas de festón o sacar hilos para adornarse una chapona?

TÍA.—Nunca.

AMA.—Siempre del coro al caño y del caño al coro; del coro al caño y del caño al coro.

TÍA.—¡A ver si te equivocas!

AMA.—Si me equivocara no oiría usted ninguna palabra nueva.

TÍA.—Claro es que nunca me ha gustado contradecirla, porque ¿quién apena a una criatura que no tiene padres?


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