La zapatera prodigiosa
La zapatera prodigiosa Ya está la comida… ¿me estás oyendo? (Avanza hacia la puerta de la derecha:) ¿Me estás oyendo? Pero, ¿habrá tenido el valor de marcharse al cafetÃn, dejando la puerta abierta… y sin haber terminado los borceguÃes? Pues cuando vuelva, ¡me oirá! ¡Me tiene que oÃr! ¡Qué hombres son los hombres, qué abusivos y qué… qué… vaya!… (En un repeluzno.) ¡Ay, qué fresquito hace! (Se pone a encender el candil y de la calle llega el ruido de las esquilas de los rebaños que vuelven al pueblo. La Zapatera se asoma a la ventana.) ¡Qué primor de rebaños! Lo que es a mÃ, me chalan las ovejitas. Mira, mira… aquella blanca tan chiquita que casi no puede andar. ¡Ay!… Pero aquella grandota y antipática se empeña en pisarla y nada… (A voces.) Pastor, ¡asombrado! ¿No estás viendo que te pisotean la oveja recién nacida? (Pausa.) Pues claro que me importa… ¿No ha de importarme? ¡BrutÃsimo!… Y mucho… (Se quita de la ventana.) Pero, Señor, ¿adónde habrá ido este hombre desnortado? Pues si tarda siquiera dos minutos más, como yo sola, que me basto y me sobro… ¡Con la comida tan buena que he preparado…! Mi cocido, con sus patatas de la sierra, dos pimientos verdes, pan blanco, un poquito magro de tocino, y arrope con calabaza y cáscara de limón para encima, ¡porque lo que es cuidarlo, lo que es cuidarlo, te estoy cuidando a mano! (Durante todo este monólogo da muestras de gran actividad, moviéndose de un lado para otro, arreglando las sillas, despabilando el velón y quitándose motas del vestido.)