La zapatera prodigiosa
La zapatera prodigiosa Niño, sé más respetuoso. Tenía jaca, claro que la tuvo, pero es… es que tú no habías nacido.
NIÑO:
(Pasándole la mano por la cara.) ¡Ah! ¡Eso sería!
ZAPATERA:
Ya ves tú… cuando lo conocí estaba yo lavando en el arroyo del pueblo. Medio metro de agua y las chinas del fondo se veían reír, reír con el temblorcillo. Él venía con un traje, negro entallado, corbata roja de seda buenísima y cuatro anillos de oro que relumbraban como cuatro soles.
NIÑO:
¡Qué bonito!
ZAPATERA:
Me miró y lo miré. Yo me recosté en la hierba. Todavía me parece sentir en la cara aquel aire tan fresquito que venía por los árboles. Él paró su caballo y la cola del caballo era blanca y tan larga que llegaba al agua del arroyo. (La Zapatera está casi llorando. Empieza a oírse un canto lejano.) Me puse tan azarada que se me fueron dos pañuelos preciosos, así de pequeñitos, en la corriente.
NIÑO:
¡Qué risa!
ZAPATERA: