Yerma
Yerma YERMA. No quiero cuidar hijos de otras. Me figuro que se me van a helar los brazos de tenerlos.
JUAN. Con este achaque vives alocada, sin pensar en lo que debías, y te empeñas en meter la cabeza por una roca.
YERMA. Roca que es una infamia que sea roca, porque debía ser un canasto de flores y agua dulce.
JUAN. Estando a tu lado no se siente más que inquietud, desasosiego. En último caso debes resignarte.
YERMA. Yo he venido a estas cuatro paredes para no resignarme. Cuando tenga la cabeza atada con un pañuelo para que no se me abra la boca, y las manos bien amarradas dentro del ataúd, en esa hora me habré resignado.
JUAN. Entonces, ¿qué quieres hacer?
YERMA. Quiero beber agua y no hay vaso ni agua; quiero subir al monte y no tengo pies; quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.
JUAN. Lo que pasa es que no eres una mujer verdadera y buscas la ruina de un hombre sin voluntad.
YERMA Yo no sé quién soy. Déjame andar y desahogarme. En nada te he faltado.
JUAN. No me gusta que la gente me señale. Por eso quiero ver cerrada esa puerta y cada persona en su casa.
(Sale la Hermana I lentamente y se acerca a una alacena.)
YERMA. Hablar con la gente no es pecado.