Yerma
Yerma JUAN. Pero puede parecerlo. (Sale la otra Hermana y se dirige a los cántaros, en los cuales llena una jarra.) (Bajando la voz.) Yo no tengo fuerzas para estas cosas. Cuando te den conversación, cierras la boca y piensas que eres una mujer casada.
YERMA. (Con asombro.) ¡Casada!
JUAN. Y que las familias tienen honra y la honra es una carga que se lleva entre todos.
(Sale la Hermana con la jarra, lentamente.) Pero que está oscura y débil en los mismos caños de la sangre. (Sale la otra Hermana con una fuente, de modo casi procesional.
Pausa.) Perdóname. (Yerma mira a su Marido; éste levanta la cabeza y se tropieza con la mirada.) Aunque me miras de un modo que no debía decirte perdóname, sino obligarte, encerrarte, porque para eso soy el marido.
(Aparecen las dos hermanas en la puerta.)
YERMA. Te ruego que no hables. Deja quieta la cuestión. (Pausa) JUAN. Vamos a comer. (Entran las Hermanas. Pausa.) ¿Me has oído?
YERMA. (Dulce.) Come tú con tus hermanas. Yo no tengo hambre todavía.
JUAN. Lo que quieras. (Entra.)
YERMA. (Como soñando.)
¡Ay qué prado de pena!
¡Ay qué puerta cerrada a la hermosura,
que pido un hijo que sufrir y el aire