Yerma
Yerma YERMA. Algunas cosas no cambian. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye.
VÍCTOR. Así es.
(Aparece la Hermana 2 y se dirige lentamente hacia la puerta, donde se queda fija, iluminada por la última luz de la tarde.)
YERMA. Pero que si salieran de pronto y gritaran, llenarían el mundo.
VÍCTOR. No se adelantaría nada. La acequia por su sitio, el rebaño en el redil, la luna en el cielo y el hombre con su arado.
YERMA. ¡Qué pena más grande no poder sentir las enseñanzas de los viejos!
(Se oye el sonido largo y melancólico de las caracolas de los pastores.) VÍCTOR. Los rebaños.
JUAN. (Sale.) ¿Vas ya de camino?
VÍCTOR. Quiero pasar el puerto antes del amanecer.
JUAN. ¿Llevas alguna queja de mí?
VÍCTOR. No. Fuiste buen pagador.
JUAN. (A Yerma.) Le compré los rebaños.
YERMA. ¿Sí?
VÍCTOR . (A Yerma.) Tuyos son.
YERMA. No lo sabía.
JUAN . (Satisfecho.) Así es.
VÍCTOR. Tu marido ha de ver su hacienda colmada.