Cranford
Cranford Tras leer la nota, la señorita Matty no podía hablar, ahogada por el llanto. Me la entregó en silencio y enseguida se levantó, la cogió y se la llevó al sagrado escondite de su habitación, temiendo que por casualidad llegara a quemarse.
—¡Pobre Peter! —exclamó—. Siempre en apuros; era demasiado fácil de convencer. Los otros lo metían en berenjenales y luego lo dejaban en la estacada. Le gustaba demasiado hacer travesuras y no resistía la tentación de gastar una broma. ¡Pobre Peter!