Cranford

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Peter Marmaduke Arley Jenkyns (el «pobre Peter», como empezó a llamarlo la señorita Matty) estaba en la escuela de Shrewsbury en aquella época. El párroco cogía la pluma y una vez más sacaba a relucir su latín para escribir a su hijo. No había duda de que las cartas del muchacho respondían a lo que llamamos modelo de ostentación: descripciones de elevado nivel ideológico dando cuenta de sus estudios y de sus diversas aspiraciones intelectuales, con citas esporádicas de algún clásico; de vez en cuando, no obstante, irrumpía la naturaleza animal con alguna frase de este estilo, evidentemente escrita con mano temblorosa y apresurada, una vez la carta había pasado la revisión: «Querida madre, mándeme un pastel con mucho limón dentro». La «querida madre» probablemente respondía a su hijo en forma de pasteles y golosinas, pues no había ni una carta suya en aquel fajo, y sí en cambio del párroco, para quien el latín de las cartas de su hijo debía de sonarle como un clarín a un veterano. Yo no sé mucho latín, es cierto; tal vez sea una lengua ornamental, pero opino que no es muy útil, a juzgar por los fragmentos que recuerdo de las cartas del párroco. Uno decía: «No has encontrado esta ciudad en el mapa de Irlanda, pero Bonus Bernardus non videt omnia[14], como dice el proverbio». No tardé en ver con toda claridad que el «pobre Peter» se metía fácilmente en apuros. Algunas de las cartas a su padre eran de forzado arrepentimiento por alguna mala acción cometida. Entre todas ellas, destacaba una nota mal escrita, mal sellada, mal dirigida y emborronada que decía: «Mi querida, querida, querida, queridísima madre, me portaré mejor, se lo prometo; pero no esté enferma por mi culpa; no lo merezco. Seré bueno, madre querida».


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