Cranford
Cranford —No. No fue por culpa del latín. Peter se había ganado el favor de mi padre porque cumplía bien con lo que le mandaba. El problema es que el muchacho creía que podía reírse y burlarse de los habitantes de Cranford, y a estos no les hacía ninguna gracia. Es natural: a nadie le gusta. Siempre les hacía cochinadas, aunque esta no es una expresión nada elegante; espero que no le digas a tu padre que la he empleado; no me gustaría que creyera que no tengo vocabulario, después de vivir tantos años con una mujer como Deborah. Y sobre todo, no la emplees nunca. No sé cómo se me ha escapado; supongo que pensando en el pobre Peter, que siempre la decía. Sin embargo, en muchos aspectos era un chico muy educado. En cierto modo se parecía al capitán Brown, siempre dispuesto a ayudar a un anciano o a un niño. Sin embargo, le gustaba gastar bromas y hacer burlas y se figuraba que las ancianas de Cranford se lo creían todo. En aquella época había muchas mujeres mayores en esta ciudad; ahora somos una mayoría, ya lo sé, pero no somos tan viejas como las que había cuando yo era niña. Me entran ganas de reír cuando pienso en las bromas de Peter. No, no voy a hablar de ellas porque no te escandalizarían como es debido, y de verdad eran escandalosas. Una vez llegó a embaucar a mi padre: vestido de mujer, se paseó por la ciudad anunciando su deseo de ver al párroco de Cranford, «que había publicado aquel admirable sermón ante el juez de la audiencia». Peter contaba que se había asustado mucho al ver que su padre se dejaba engañar y hasta se ofrecía a hacer una copia de todos sus sermones sobre Napoleón Bonaparte exclusivamente para ella (para él, quiero decir… no, para ella, porque Peter en aquel momento era una mujer). Me contó que mientras mi padre hablaba, había sentido un pavor jamás experimentado. Ni por un momento se le había ocurrido que su padre pudiera creerle; y sin embargo, si no le hubiese creído, Peter se hubiera enfrentado a un grave problema. De todas maneras, las consecuencias no fueron satisfactorias en absoluto para Peter, pues mi padre lo tuvo copiando sin respiro los doce sermones de Bonaparte para entregárselos a la mujer, es decir, al propio Peter. Ya me entienden: porque la señora era él. Uno de aquellos días, Peter sintió un deseo inmenso de ir a pescar y exclamó: «¡Que el diablo se la lleve!» (un lenguaje muy grosero, es cierto, pero Peter no siempre era tan comedido como debía). Mi padre se encolerizó tanto con él que yo estaba casi muerta del susto y a la vez apenas podía contener la risa viendo las pequeñas reverencias que hacía Peter disimuladamente cada vez que mi padre hablaba del excelente gusto y profundo discernimiento de la dama.