Cranford

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—¿Y la señorita Jenkyns? ¿Tenía conocimiento de estas bromas? —pregunté.

—Por supuesto que no. Deborah se habría escandalizado. No, sólo lo sabía yo. Habría deseado conocer siempre lo que Peter se llevaba entre manos, pero no siempre me hacía partícipe de ello. Decía que las ancianas del lugar necesitaban tener algo de qué hablar, pero no creo que fuera cierto. Recibían el St. James Chronicle tres veces por semana, igual que ahora, y no puede decirse que nos falten temas de conversación. Recuerdo el parloteo que se organizaba cuando se reunían unas cuantas mujeres, aunque bien mirado es probable que los estudiantes hablen más aún que las señoras. Al final ocurrió algo muy triste.

La señorita Matty se levantó, se dirigió a la puerta de entrada y la abrió; no había nadie. Llamó a Martha con la campanilla y, cuando esta acudió, su ama le pidió que fuera a buscar huevos a una granja que se encontraba en el otro extremo del pueblo.

—Voy a cerrar con llave cuando te hayas ido, Martha. No te da miedo ir sola, ¿verdad?

—En absoluto, señora. Jem Hearn se sentirá muy halagado de acompañarme.

La señorita Matty se irguió y tan pronto como nos quedamos solas expresó su deseo de que Martha observase mayor reserva y recato.


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