Cranford
Cranford »Pues bien, parece que fue al cuarto de su hermana y se atavió con un vestido viejo, un chal y una gorra: exactamente las prendas que ella solía ponerse en Cranford y que todos conocían bien; convirtió una almohada en la figura de un recién nacido con largos faldones blancos. Seguro que la puerta está bien cerrada, ¿verdad? No quisiera que nadie me oyera. Según justificó más tarde, sólo pretendía que en la ciudad tuvieran algo de qué hablar; no se le ocurrió que podía perjudicar a Deborah. Salió de la casa y empezó a pasear arriba y abajo por el camino de los avellanos del jardín, medio oculto y medio visible a través de la verja. Mecía la almohada como si fuera un niño y le decía las ridiculeces que suele dirigirles la gente. Y entonces, ¡Virgen santa!, mi padre enfiló la calle con paso majestuoso, como era su costumbre, y vio una pequeña multitud vestida de negro (había por lo menos veinte personas) atisbando a través de los barrotes de la verja. En un principio, suponiendo que contemplaban el nuevo rododendro en flor del que se sentía tan orgulloso, aflojó el paso para darles tiempo a admirarlo a la vez que pensaba si de aquella situación podría derivar un sermón considerando la posible relación entre los rododendros y los lirios del campo. ¡Pobre padre mío! Cuando estuvo más cerca se sorprendió de que aún no lo hubieran visto, pero las cabezas seguían apiñadas espiando sin descanso. Mi padre se entremezcló con ellos con la intención, según explicó más tarde, de invitarlos a pasar con él al jardín para admirar el hermoso producto de la vegetación, cuando (¡Cielo santo!, tiemblo sólo de pensarlo) él también miró por la reja y vio… no sé lo que creyó ver, pero el viejo Clare me dijo que estaba tan furioso que su rostro adquirió el color de la ceniza y los ojos echaban chispas bajo las negras cejas fruncidas; en un tono amenazador, mandó que todos siguieran donde estaban, que nadie se fuera, que no dieran ni un paso, y como un rayo se plantó en la entrada del jardín, bajó por el camino de los avellanos, asió al pobre Peter, le arrancó la ropa (gorra, chal, vestido, todo) y arrojó la almohada a la gente por encima de la verja; entonces, tan intensa era su cólera, que delante de todo el mundo blandió el bastón y apaleó a Peter. Dios mío, aquella travesura juvenil en aquel día soleado, cuando todo parecía ir sobre ruedas, destrozó el corazón de mi madre y cambió a mi padre para el resto de su vida. Nunca más fue el mismo. El viejo Clare dijo que Peter, tan pálido como mi padre, aguantó la paliza inmóvil como una estatua, ¡y mi padre golpeaba de firme! Cuando finalmente este se detuvo para tomar aliento, Peter con la voz ronca y aún inmóvil, preguntó «¿Tiene bastante, señor?». Ignoro lo que dijo mi padre, ni siquiera si respondió, pero el viejo Clare dijo que Peter se había vuelto hacia donde estaba la gente de la verja y tras hacer una profunda reverencia, solemne y ceremoniosa como la de un caballero, se dirigió lentamente hacia la casa. Yo estaba en la despensa ayudando a mi madre a hacer vino de vellorita. Desde entonces no puedo resistir ese vino ni el aroma de sus flores: me ponen enferma y me siento desfallecer, como aquel día cuando entró Peter, altivo como un hombre; ciertamente, más parecía un hombre que un muchacho. «Madre —dijo—, he venido a desearle que Dios la bendiga para siempre». Vi que le temblaban los labios al hablar y creo que no se atrevió a decir nada más afectuoso por el propósito que llevaba en el corazón. Ella, con una mirada temerosa y desconcertada, le preguntó qué iba a hacer. El muchacho no sonrió ni habló, pero la abrazó y la besó como si no acertara a irse y antes de que le volviera a hablar ya se había ausentado. Hablamos las dos de lo ocurrido sin alcanzar a comprenderlo y finalmente me mandó en busca de mi padre para preguntarle qué había sucedido. Lo encontré paseando arriba y abajo de la habitación con expresión de profundo disgusto. «Di a tu madre que he apaleado a Peter porque se lo tenía bien merecido».