Cranford
Cranford »Mi madre fue a ver a mi padre enseguida. Recuerdo que pensé en la reina Esther y el rey Asuero porque mi madre era muy bonita y tenía un aspecto delicado y mi padre parecía tan terrible como él. Poco después salieron los dos; mi madre me contó lo ocurrido y también que iba a subir al cuarto de Peter siguiendo el deseo de mi padre (aunque no se lo diría a Peter) para hablar con él de lo sucedido. Sin embargo, Peter no estaba. Buscamos por toda la casa pero Peter había desaparecido. Incluso mi padre, que en un principio se mostró reacio a participar en la búsqueda, se aprestó a ayudar. La rectoría era una casa muy vieja con escaleras para subir a una habitación y escaleras para bajar a otra. Al principio mi madre llamaba al muchacho con voz queda y suave para tranquilizarlo. «¡Peter! ¡Peter, querido! Soy yo». Al poco rato, sin embargo, a medida que los sirvientes regresaban de donde mi padre los había mandado, cada uno en una dirección distinta para encontrar a Peter, y descubríamos que no estaba en el jardín, ni en el pajar ni en ninguna parte, mi madre empezó a llamarlo en un tono más fuerte y desgarrado: «¡Peter! ¡Peter, hijo! ¿Dónde estás?», pues había comprendido que aquel beso prolongado era una despedida. Transcurrió la tarde y mi madre seguía buscando sin descanso en todos los lugares posibles aunque ya hubiera estado veinte veces, sin que por eso dejara de volver a mirar. Mi padre permanecía sentado con la cabeza entre las manos, en silencio excepto cuando llegaban los mensajeros sin ninguna nueva; entonces levantaba la cara, vigorosa y triste, y volvía a mandarlos a otro lugar. Mi madre seguía pasando de una habitación a otra, entrando y saliendo de la casa, moviéndose en silencio, sin detenerse un momento. Ni ella ni mi padre se atrevían a salir de la casa, punto de encuentro de todos los mensajeros. Finalmente, ya casi de noche, mi padre se levantó, cogió del brazo a mi madre, que salía con paso triste y desesperado por una puerta y se apresuraba a entrar por la otra. El contacto de la mano de su esposo la sobresaltó, pues salvo de Peter, se había olvidado del mundo entero. «¡Molly! —exclamó él—. No sabía que iba a ocurrir esto».