Cranford
Cranford »La miraba buscando consuelo en su rostro, aquel pobre rostro pálido y desencajado; ni ella ni mi padre se atrevían a reconocer, y mucho menos a obrar en consecuencia, el terror que había en sus corazones de que Peter se hubiera quitado la vida. Mi padre no encontró una mirada consciente en los ojos febriles y sombríos de su esposa y añoró la compasión que siempre le había brindado incondicionalmente; y fuerte como era, ante la muda desesperación de su mujer empezaron a fluirle las lágrimas por la cara. Al verlo ella, sin embargo, el semblante se le inundó de un noble pesar y le dijo: «No llores, mi querido John. Ven conmigo. Lo encontraremos, ya lo verás», tan alegremente como si supiera dónde estaba su hijo. Cogió la manaza de mi padre con su mano pequeña y suave y se lo llevó lloroso a recorrer el mismo camino rutinario e incesante de una habitación a otra, por la casa y el jardín.