Cranford

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Y ahora la señorita Betty Barker venía a visitar a la señorita Matty para invitarla a tomar el té en su casa el jueves siguiente. Yo también recibí una invitación improvisada, pues se dio la circunstancia que estaba de huésped en la casa, aunque advertí que estaba un poco recelosa, no fuera que mi padre, que había ido a vivir a Drumble, hubiera participado en aquel «horrible comercio del algodón» que había expulsado a su familia de la «sociedad aristocrática». Como preámbulo a la invitación presentó tantas excusas que casi despertó mi curiosidad. Tendría que excusar «su audacia». ¿Qué habría hecho? Parecía tan apabullada que no pude por menos que pensar que había escrito a la reina Adelaida preguntándole un método para lavar los encajes. La escena que representaba, sin embargo, no era más que la invitación que había llevado a la antigua ama de su hermana, la señora Jamieson. «Considerando mi antigua ocupación, ¿disculpará la señorita Matty esta libertad?». ¡Claro!, pensé, ha advertido la doble gorra de la señorita Matty y va a llamarle la atención. ¡Pero no! Simplemente quería cursarnos una invitación a las dos. La señorita Matty aceptó con una reverencia, y me maravilló que al hacer tan gracioso gesto no advirtiera el insólito peso y la altura extraordinaria de su tocado. No creo que fuera así, sin embargo, porque recuperó la verticalidad y prosiguió su conversación con la señorita Betty en un tono amable y condescendiente muy alejado del nerviosismo que habría demostrado de haber sospechado su singular aspecto.


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