Cranford

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Así fue como ocurrió: una anciana tenía una vaca de Alderney, a la que consideraba como una hija. Era imposible pasar un cuarto de hora de visita con ella sin que cantara las excelencias de la magnífica leche o de la admirable inteligencia del animal. La ciudad entera conocía y miraba con afecto la vaca de Alderney de la señorita Betty Barker, por lo cual grande fue la compasión y el pesar cuando, en un instante de descuido, la pobre vaca cayó en un noque. Berreó tan ruidosamente que pronto fue oída y rescatada, pero entretanto la pobre bestia había perdido la mayor parte del pelo y la sacaron ante todos desnuda, muerta de frío, con un aspecto lastimoso, tan pelada. Todos se compadecieron del animal, aunque algunos no pudieron contener una sonrisa ante su cómico aspecto. La señorita Betty Barker lloraba desconsoladamente llena de pesar y consternación y, según dijeron, había pensado en probar con un baño de aceite; el remedio tal vez fuera recomendado por alguna de las numerosas personas a las que pidió consejo, mas si así ocurrió, mereció este rotundo rechazo del capitán Brown: «Si desea mantenerla viva, señora, póngale un chaleco y unos calzones de franela. Pero mi consejo es que mate al pobre animal inmediatamente».




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