Cranford

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La muerte era un hecho tan real y tan común como la pobreza, y sin embargo la gente no hablaba de ella en voz alta por la calle. Era una palabra que no se debía pronunciar ante oídos educados. Habíamos acordado tácitamente ignorar que alguna de las personas con quien nos relacionábamos hasta el punto de visitarnos pudiera verse privada de cumplir sus deseos por culpa de la pobreza. Si íbamos o volvíamos a pie de una reunión, era porque hacía una noche magnífica y el aire resultaba refrescante, no porque las sillas de mano fueran demasiado costosas. Si nos vestíamos con telas estampadas en vez de frescas sedas, se debía a que preferíamos prendas lavables; y así todo, hasta el punto de negarnos a ver el hecho vulgar de que todas éramos personas de recursos modestos. No es de extrañar, pues, que no supiéramos qué hacer con un hombre que hablaba de la pobreza como si no fuese una deshonra. Sin embargo, el capitán Brown consiguió hacerse respetar en Cranford y ser invitado a pesar de las resoluciones tomadas en sentido contrario. Cuando aproximadamente un año después de haberse instalado en Cranford visité la ciudad, constaté con sorpresa que sus opiniones eran citadas con respeto. Sólo doce meses antes, mis propias amigas se contaban entre los que se oponían con mayor vehemencia a cualquier propuesta de visitar al capitán y a sus hijas, y sin embargo ahora le abrían las puertas de su casa incluso a horas tan vedadas como eran las que precedían al mediodía. Bien es cierto que se trataba de descubrir la causa de que una chimenea humease antes de encender el fuego, pero el capitán Brown había subido a la planta superior nada amilanado, hablando en un tono demasiado elevado para aquella estancia y bromeando con familiaridad acerca de la casa. Había ignorado los pequeños desaires y las omisiones de las ceremonias triviales con que le habían recibido. Se había mostrado amable, aunque las señoras de Cranford lo trataban con frialdad; había respondido con buena fe a sus cumplidos sarcásticos y con su franqueza varonil venció el encogimiento con que fue recibido por no avergonzarse de su pobreza. Y finalmente, su excelente y varonil sentido común y su facilidad en idear recursos ingeniosos para vencer problemas domésticos le habían valido una inmejorable posición de autoridad entre las damas de Cranford. Él siguió su vida, ignorando su popularidad del mismo modo que antes había ignorado lo contrario, y estoy segura de que un día se quedó atónito al ver su opinión tan altamente valorada que un consejo que él había dado en broma había sido considerado de la manera más seria del mundo.


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