Cranford

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Recuerdo la asamblea de damas para decidir si la señora Fitz-Adam debía ser visitada por las ancianas habitantes de sangre azul de Cranford. Había alquilado una casa inmensa de construcción irregular que tenía fama de conferir una patente de nobleza a sus habitantes porque en otros tiempos, setenta u ochenta años antes, se había alojado en ella la hija soltera de un conde. No estoy segura de si también se creía que habitar en aquella casa confería un poder mental extraordinario, pues la hija del conde, lady Jane, tenía una hermana, lady Anne, que se casó con un general en tiempos de la guerra americana; el general había escrito un par de comedias que seguían interpretándose en los escenarios londinenses y cuyo anuncio nos llenaba de orgullo y de consideración hacia Drury Lane por rendir un cumplido tan hermoso a Cranford. A pesar de todo, cuando aún no estaba plenamente decidido si había que visitar a la señora Fitz-Adam, murió nuestra añorada señorita Jenkyns y con ella también nos abandonó el claro entendimiento de las estrictas reglas de las buenas maneras. Tal como observó la señorita Pole: «Puesto que en Cranford la mayoría de las mujeres de buena familia son solteronas o viudas sin hijos, si no tenemos un poco de manga ancha y somos menos selectas, poco a poco nos quedaremos sin sociedad».

La señora Forrester pertenecía al mismo bando de opinión.


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