Cranford
Cranford En efecto, no había transcurrido un minuto cuando se oyó un ruido, entre estornudo y graznido, y acto seguido se abrió la puerta. Tras ella había una sirvienta de ojos redondos, espantada por la honorable colección de capotas que entraba sin pronunciar una palabra. Recuperó la presencia de ánimo suficiente para conducirnos a una pequeña habitación, antaño parte de la tienda y ahora convertida en vestidor provisional. Allí nos quitamos los prendedores, nos sacudimos la ropa y ante el espejo nos arreglamos la cara para darle un aspecto fresco y agradable para la reunión; después, con una reverencia y un «Usted primero, señora», dejamos que la señora Forrester nos precediera por la estrecha escalera que conducía al salón de la señorita Barker. Allí estaba esta sentada, tan majestuosa y serena como si no hubiéramos oído aquella extraña tos que debió de dejarle la garganta ronca y dolorida. La señora Forrester, afectuosa y dulce, con sus ropas raídas, fue conducida inmediatamente al segundo puesto de honor, un sillón dispuesto en cierto modo como el del príncipe Alberto junto al de la reina, bueno pero no tan bueno. El sitio principal estaba reservado, por supuesto, a la honorable señora Jamieson, quien al poco rato subió jadeando las escaleras con Carlo correteando junto a sus pies como si quisiera hacerla tropezar. La señorita Betty Barker ofrecía el aspecto de una mujer satisfecha y feliz. Avivó la lumbre, cerró la puerta y se sentó lo más cerca posible de ella, casi en el canto de la silla. Cuando entró Peggy, tambaleándose por el peso de la bandeja del té, observé que la señorita Barker temía que la sirvienta no mantuviera las debidas distancias. Entre ellas mantenían un trato familiar en su relación cotidiana y Peggy deseaba hacerle unas pequeñas confidencias que la señorita Barker ardía en deseos de escuchar, pero debió reprimirse considerando que este era su deber como dama. Por eso hizo caso omiso a las señas e indicaciones de Peggy, aunque un par de veces respondió con una incongruencia a lo que se decía; finalmente tuvo una brillante idea y exclamó: «¡Pobrecito Carlo! Te tengo abandonado. Baja conmigo, pobre perrito, que te daré la merienda».