Cranford
Cranford Regresó a los pocos minutos, serena y afable como antes, aunque tuve la sensación de que se había olvidado de dar de comer al «pobre perrito», a juzgar por la avidez con que este engullía los pedazos de tarta abandonados. La bandeja del té estaba rebosante y daba gloria mirarla, tanta hambre tenía yo, pero temía que las damas que se encontraban presentes tomasen por vulgaridad tal abundancia. Sabía que en sus casas lo habrían considerado así. Sea como sea, la pila desapareció enseguida. Me sorprendió ver a la señora Jamieson comiendo tarta de carvi lenta y ceremoniosamente, como lo hacía todo, porque en la última reunión celebrada en su casa nos había dicho que ella nunca la tenía en casa porque le recordaba demasiado al jabón de olor; siempre nos ofrecía bizcochos. No obstante se mostró indulgente con el desconocimiento de las costumbres sociales de la señorita Barker y para no herir sus sentimientos se comió tres pedazos de tarta con una expresión plácida y rumiadora no muy distinta de la de una vaca.