Cranford
Cranford Después del té hubo unos momentos de duda y confusión. Éramos seis: cuatro podían jugar al preference y las otras dos al cribbage. Pero todas menos yo (que más bien temía a las damas de Cranford cuando jugaban a los naipes, porque era el asunto al que se dedicaban con mayor empeño y seriedad) estaban ansiosas por formar parte del grupo. Incluso la señorita Barker, aunque confesaba no distinguir una espadilla de una manilla, anhelaba claramente echar una partida. El dilema se resolvió inmediatamente gracias a un singular ruido. Si alguna vez pudo suponerse que la nuera de un barón roncase, entonces diría que la señora Jamieson lo hacía; vencida por el calor de la sala y tendente por naturaleza a echar cabezadas, no había resistido la tentación de aquel sillón tan cómodo y cayó en un sueño profundo. Un par de veces abrió los ojos con gran esfuerzo e inconscientemente nos dirigió una tranquila sonrisa; pero poco a poco, su buena voluntad fue inferior a tal fuerza y se quedó profundamente dormida.
—Para mí es muy grato —susurró la señorita Barker a sus tres oponentes de la mesa de juego, a las cuales, no obstante su ignorancia del juego, estaba «apaleando» sin misericordia—, muy, muy grato, ver que la señora Jamieson se siente tan cómoda en mi humilde morada; no podía hacerme mejor cumplido.