Cranford

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La señorita Barker me proporcionó cierta lectura en forma de tres o cuatro cuadernos de moda de hacía diez o doce años, bellamente encuadernados, y mientras ponía a mi disposición una mesita y una vela comentó que sabía que a la gente joven le gustaban las ilustraciones. Carlo, tendido junto a los pies de su dueña, roncaba y se sobresaltaba. También él se sentía como en casa.

La mesa de juego era un animado espectáculo digno de observarse; cuatro cabezas de dama, con gorritas cimbreantes que casi topaban en el centro de la mesa, en su ansia de parloteo apresurado y bullicioso; y cada tanto la señorita Barker que decía: «Chist, señoras, por favor. ¡Silencio! La señora Jamieson está dormida».

Era muy difícil encauzar la partida entre la sordera de la señora Forrester y la somnolencia de la señora Jamieson, pero la señorita Barker desempeñaba bien esta ardua tarea. Repetía el cuchicheo a la señora Forrester con grandes muecas para darle a entender lo que decía con el movimiento de los labios, y después nos sonreía amablemente mientras murmuraba para sí: «Es muy grato, la verdad; quisiera que mi pobre hermana hubiese vivido para ver este gran día».


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